
Estudio y análisis del comportamiento de alguien que deseaba follar.
Homenaje a Guy de Maupassant
Por decisión de la Dirección General de Correos y Telégrafos de… se permitió leer el contenido de una carta encontrada sin remitente ni destinatario, fechado únicamente, el día 28 de junio de… la redacción decía así:
Antonia tiene tres hijos. Enviudó a los quince años de casada. Es costurera y lava ropa ajena. Su vida la empalaga la cotidianidad. Sus hijos estudian, pero por las tardes los lleva a talleres para que aprendan un oficio y no estén de holgazanes en su casa. Por eso ellos nunca están. El trabajo nunca le falta, al contrario, no se da tiempo para ostentar el título de ama de casa. Muchos hombres la visitan para corregir alguna prenda rota voluntariamente o llevan su ropa para que las lave. No le atraían los jovencitos, decía Antonia, y los ancianos eran un estorbo. No deseaba ser sirvienta de algún gordinflón sin trabajo y asqueroso, también agregaba con un gesto vomitivo. Todo cambiaría. La conocí una tarde sin darme cuenta siquiera. Recientemente había llegado al pueblo. El calor era insoportable y mi estancia aún menos tolerable. Recuerdo caminar por el parque, polvo y estiércol inundaban el ambiente. Me dirigí a la licorería por cigarros y una refrescante cerveza. Mi primo “el Chela” (por su anatomía caguamonica) iba conmigo. El era de ese pueblo que ahora era mi infierno. A pesar de aquel calor, un olor a un agradable detergente, tierra mojada y cabello húmedo impregnaron mis fosas nasales. Era Antonia. La mezcla de esos olores trajo a mi memoria los puteros de mi ciudad. Siguiendo la invisible fragancia giré mi cabeza y no pude resistir preguntarle a mi primo el nombre de aquel monumento a la lujuria. Sin evitar verla de los pies a la cabeza degusté con mis irritados ojos sus fogosos muslos, disimulados senos y una cadera que hacía que me llenara de ansiedad por tenerla entre mis manos. Sin ir más lejos, una mujer exquisita. Su mirada distraída me llenó de pasión incontrolable. Entendí porqué “el Chela” comentó que todos deseaban amanecer con ella. Quise hablarle, no pude. Temblaba. Yo apenas tenía veinte años.
Esa noche no pude dejar de pensar en ella. Mi primo me dijo que no me ilusionara, que tenía hijos y que no tenía ojos para ningún hombre. No me quedé con esa premisa. Sabía yo su oficio, no iba a ser una más de la fila. Tenía que pensar en algún plan, una estrategia. Nunca me había obsesionado por algún objeto, mucho menos por un objeto viviente. A pesar de mi corta edad disfrutaba saltar de cama en cama, como dijo un cantante guatemalteco.
Desayuné muy temprano. Me levanté animado, sin embargo, no sabía por dónde empezar. Presentarme en su casa así nada más sería muy estúpido. El calor y los nervios turbaban mis pensamientos. Imaginaba cómo sería el segundo encuentro, ahora no sólo visual. Antonia, Antonia, repetía su nombre y una excitación poseía todo mi cuerpo. No estaba enamorado, o no lo sabía; embrujado por su aroma, por su figura, eso sí. Quizás Antonia no recordaba el sabor de una caricia, o el sudor recorriendo su cuerpo desnudo, o un ardiente beso en la división de su cadera y su espalda. Mi propósito era hacerla recordar aun en lo más mínimo. Nadie más la poseería si no era yo, decíame en los adentros. Una voz me alentaba a buscarla y decirle cuánto la deseaba. Seguía pensando que ir a buscarla sería un acto pretencioso. No encontré mejor opción y fui a su casa. La tarde caía y las estrellas amenazaban en aparecer en el firmamento. Era la hora de la telenovela, nadie estaba fuera de su casa. Los hijos de Antonia en sus cursos. Una perfecta oportunidad.
A unos metros de su puerta me detuve, pensé que una cachetada era lo máximo que recibiría como negativa. Estaba furioso por mi impotencia por conquistarla. Nunca lo había intentado antes, pero lo hice. Toqué tres veces. Antonia salió en un vestido rosa tallado a su cuerpo. Me miró con sorpresa. Sonreí. Nuevamente no pude hablar. Recordé, en una ráfaga de consciencia las palabras de “el Chela”: “no tiene ojos para nadie”. Eso no me detuvo. La empujé al interior de su casa, gritó. Le rompí el vestido. La hice recordar y sus ojos quedaron abiertos. Sí, tuvo ojos para mí.
Nunca se encontró a Antonia; quién era Antonia. No se supo quién era “el Chela”.
Homenaje a Guy de Maupassant
Por decisión de la Dirección General de Correos y Telégrafos de… se permitió leer el contenido de una carta encontrada sin remitente ni destinatario, fechado únicamente, el día 28 de junio de… la redacción decía así:
Antonia tiene tres hijos. Enviudó a los quince años de casada. Es costurera y lava ropa ajena. Su vida la empalaga la cotidianidad. Sus hijos estudian, pero por las tardes los lleva a talleres para que aprendan un oficio y no estén de holgazanes en su casa. Por eso ellos nunca están. El trabajo nunca le falta, al contrario, no se da tiempo para ostentar el título de ama de casa. Muchos hombres la visitan para corregir alguna prenda rota voluntariamente o llevan su ropa para que las lave. No le atraían los jovencitos, decía Antonia, y los ancianos eran un estorbo. No deseaba ser sirvienta de algún gordinflón sin trabajo y asqueroso, también agregaba con un gesto vomitivo. Todo cambiaría. La conocí una tarde sin darme cuenta siquiera. Recientemente había llegado al pueblo. El calor era insoportable y mi estancia aún menos tolerable. Recuerdo caminar por el parque, polvo y estiércol inundaban el ambiente. Me dirigí a la licorería por cigarros y una refrescante cerveza. Mi primo “el Chela” (por su anatomía caguamonica) iba conmigo. El era de ese pueblo que ahora era mi infierno. A pesar de aquel calor, un olor a un agradable detergente, tierra mojada y cabello húmedo impregnaron mis fosas nasales. Era Antonia. La mezcla de esos olores trajo a mi memoria los puteros de mi ciudad. Siguiendo la invisible fragancia giré mi cabeza y no pude resistir preguntarle a mi primo el nombre de aquel monumento a la lujuria. Sin evitar verla de los pies a la cabeza degusté con mis irritados ojos sus fogosos muslos, disimulados senos y una cadera que hacía que me llenara de ansiedad por tenerla entre mis manos. Sin ir más lejos, una mujer exquisita. Su mirada distraída me llenó de pasión incontrolable. Entendí porqué “el Chela” comentó que todos deseaban amanecer con ella. Quise hablarle, no pude. Temblaba. Yo apenas tenía veinte años.
Esa noche no pude dejar de pensar en ella. Mi primo me dijo que no me ilusionara, que tenía hijos y que no tenía ojos para ningún hombre. No me quedé con esa premisa. Sabía yo su oficio, no iba a ser una más de la fila. Tenía que pensar en algún plan, una estrategia. Nunca me había obsesionado por algún objeto, mucho menos por un objeto viviente. A pesar de mi corta edad disfrutaba saltar de cama en cama, como dijo un cantante guatemalteco.
Desayuné muy temprano. Me levanté animado, sin embargo, no sabía por dónde empezar. Presentarme en su casa así nada más sería muy estúpido. El calor y los nervios turbaban mis pensamientos. Imaginaba cómo sería el segundo encuentro, ahora no sólo visual. Antonia, Antonia, repetía su nombre y una excitación poseía todo mi cuerpo. No estaba enamorado, o no lo sabía; embrujado por su aroma, por su figura, eso sí. Quizás Antonia no recordaba el sabor de una caricia, o el sudor recorriendo su cuerpo desnudo, o un ardiente beso en la división de su cadera y su espalda. Mi propósito era hacerla recordar aun en lo más mínimo. Nadie más la poseería si no era yo, decíame en los adentros. Una voz me alentaba a buscarla y decirle cuánto la deseaba. Seguía pensando que ir a buscarla sería un acto pretencioso. No encontré mejor opción y fui a su casa. La tarde caía y las estrellas amenazaban en aparecer en el firmamento. Era la hora de la telenovela, nadie estaba fuera de su casa. Los hijos de Antonia en sus cursos. Una perfecta oportunidad.
A unos metros de su puerta me detuve, pensé que una cachetada era lo máximo que recibiría como negativa. Estaba furioso por mi impotencia por conquistarla. Nunca lo había intentado antes, pero lo hice. Toqué tres veces. Antonia salió en un vestido rosa tallado a su cuerpo. Me miró con sorpresa. Sonreí. Nuevamente no pude hablar. Recordé, en una ráfaga de consciencia las palabras de “el Chela”: “no tiene ojos para nadie”. Eso no me detuvo. La empujé al interior de su casa, gritó. Le rompí el vestido. La hice recordar y sus ojos quedaron abiertos. Sí, tuvo ojos para mí.
Nunca se encontró a Antonia; quién era Antonia. No se supo quién era “el Chela”.
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