
Desde que llegamos a la habitación, la noté un poco triste. Como si los gorriones la hubiesen abandonado, estaba seguro que esa tristeza, era por su corazón que estaba enojado con el movimiento normal de los astros.
La besé como siempre. Con la tenue claridad de mi cuerpo. Ella lloraba en silencio. Estaba acostumbrado, esos accesos eran parte de su extraña ecología, que daba emoción a diversos corceles.
Nos derrumbamos en tacto, hasta que ella en el lecho se internó en su selva, descuidando mi piel que poco a poco se acomodó en su universo. Al derramarme salí pensativo. Y al sentirla distante y fría le dije: "¿Por qué estás tan lejana?" y sólo en la oscuridad vi su mirada que fija se posaba en mis ojos. "¿Por qué me miras así?". Como una bujía que se sabe condenada iluminaba en un triste sepia el cuarto sin responderme.
Estaba acostada y en su sudor aparecían peces asustados. La noche entraba y salía por mi tráquea esperando su voz. Volví a cuestionarla y al notar en la oscuridad que aún me miraba. El silencio volvió a rugir en la vida y casi al momento olvidé sus ojos por culpa del sueño.
Al otro día, desperté con deseos de volverme a internar en su cueva, que aun sostenía el esperma que le había dado. Pero al ver que seguía en su actitud distante y petrificada con su mirada ambarina sobre mis nervios temblorosos; deduje que ya no era necesario preguntarle el por qué de su mirada.
Cerré sus ojos con el calor de mi mano. Me recosté junto a ella y encendí el último cigarrillo que quedaba. Y me dije: "Dios; he amado a una muerta".
La besé como siempre. Con la tenue claridad de mi cuerpo. Ella lloraba en silencio. Estaba acostumbrado, esos accesos eran parte de su extraña ecología, que daba emoción a diversos corceles.
Nos derrumbamos en tacto, hasta que ella en el lecho se internó en su selva, descuidando mi piel que poco a poco se acomodó en su universo. Al derramarme salí pensativo. Y al sentirla distante y fría le dije: "¿Por qué estás tan lejana?" y sólo en la oscuridad vi su mirada que fija se posaba en mis ojos. "¿Por qué me miras así?". Como una bujía que se sabe condenada iluminaba en un triste sepia el cuarto sin responderme.
Estaba acostada y en su sudor aparecían peces asustados. La noche entraba y salía por mi tráquea esperando su voz. Volví a cuestionarla y al notar en la oscuridad que aún me miraba. El silencio volvió a rugir en la vida y casi al momento olvidé sus ojos por culpa del sueño.
Al otro día, desperté con deseos de volverme a internar en su cueva, que aun sostenía el esperma que le había dado. Pero al ver que seguía en su actitud distante y petrificada con su mirada ambarina sobre mis nervios temblorosos; deduje que ya no era necesario preguntarle el por qué de su mirada.
Cerré sus ojos con el calor de mi mano. Me recosté junto a ella y encendí el último cigarrillo que quedaba. Y me dije: "Dios; he amado a una muerta".
1 comentario:
pus la verdad no leí al brasileño.
Publicar un comentario