Catafalco UrbanoDesde su balcón observa los edificios que tapan las pequeñas casas de la cuidad. Ese balcón que tanto le divirtió en la infancia, ahora su reflejo en los grandes vitrales lo hacen ver diminuto, simulando apenas la grandeza olvidada de su estirpe, hecho ahora rastrojos frente a la estadística de la escasez. El balcón antes de un magenta imperial ha quedado reducido a una cicatriz que la intemperie y el descuido han desgastado y desde el que cuelga un cartel que narra su presente: “SE VENDE ESTA CASA. INFORMES AQUÍ MISMO”.
Esteban no tuvo otro remedio, el último rescoldo del patrimonio familiar pasará a manos pudientes, a quien pueda devolverle la gloria y la decencia a la fachada, o quizás, sea desaparecerla. Esas paredes fragantes de recuerdos se erigirá en una mansión que olvide el apellido fundador. Esteban ve cabizbajo recargado en el balcón que alguien se acerca, no siente emoción, son los compradores, los extranjeros que serán señores de la casa.
Sonríen contemplándola, está maltratada pero una remodelación le vendría bien, o dependiendo de sus columnas raerla desde sus cimientos; pero eso habría que analizarlo para no tomar una mala decisión. Saludan a Esteban que da una señal para que entren, de todas formas aquel espacio les pertenece. Aunque claroscuro se pueden distinguir las señas en el piso donde alguna vez hubo muebles, clavos resaltan de las paredes y algo de moho en las esquinas, pero son detalles; inspeccionan casi cada rincón de la casa y la encuentran con satisfacción a sus necesidades, aprobado todo Esteban entrega las llaves y firman el contrato, el pago ya había sido hecho. Una buena ubicación es garantía total.
Una extraña calma lo invade, aniquila cualquier intento de gratitud después de la venta y se va, la mira por última vez pero de reojo, siente que si le da la cara se derrumbaría ahí mismo, y sigue en dirección contraria. Sin embargo se detiene, toma un largo inhalar del aire espeso y gira lentamente, un mundo de imágenes lo empiezan a abordar como una película frenética, aunque silenciosa es de colores y matices, sonrisas y parientes que ya no están. Su imagen corriendo en el jardín, o sentado en el columpio que su abuelo hizo para él, su habitación con los garabatos en la puerta, esas pinturas de su realidad pasada le entran por cada poro, en cada agitación y una muda lágrima desciende hasta sus labios y le enseñan la amargura de su presente, un tanto agónico, el momento del cambio y dejar atrás una parte de él, aquello que lo formó en lo que es y lo que ya no tiene.
Los Villa-Solórzano (después de adquirir la casa invitan a sus amigos y familiares para presumir la nueva compra), en la casa idean colores y arreglos, dónde será el cuarto para las dos niñas caprichosas, dónde dormirá la servidumbre, anhelos de una familia diferente han llegado para dejar un extraño olor, otros adornos irán apareciendo y una etapa de vivencias se convertirán en recuerdos llegado el tiempo. Despojados legalmente los de Esteban en un ciclo que se repite en todas las genealogías, la miseria genera el cambio en la carestía; Esteban lo sabía, su madre en el asilo sabía, su abuelo antes de morir lo intuyó, sus hermanos al Otro Lado lo entendían. Se sentó en una banca del parque y la lluvia que iba abriéndose paso en el cielo comenzó a caer lentamente, como si supiera lo que Esteban sentía, pesadez y aturdimiento; la lluvia, que se hizo pesada ahora en sus hombros lo aplastaban, juntándolo con la banca del parque su corazón también se hacía de metal frío y húmedo, y sin movimiento anclado al piso de manera irremediable.
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