viernes, 23 de abril de 2010

Un poema de Agustí Bartra


Canto


Abolida la estrella al final de la aurora de falda forestal,

abro al viento mi mano con huella de crisálida

y digo la palabra más dulce de mi tiempo, la gran Sílaba

que prolonga el rumor del olivo solar

y brilla en el coral de los ojos de la paloma.

Paz de labios de leche para el hombre mi hermano sellado

por el rayo y vestido de faro.


Me envuelvo con la lana de mi tilma que aroma el alhelí.

¡Potros! ¡Potros! ¡Bandadas! El sol hunde su brazo

de molinero en el hinojo.


Unos pies matutinos

huellan cardos de escarcha. Lienzo nupcial sobre el seco maguey...

Al pie de la gran torre de hierro del vigía escrutador de incendios

desde la sacra loma de los muertos,

el niño oscuro dijo:

"Pusieron el erizo en la boca del lobo..."

Maravillosamente, algunos saben

que la Montaña hereda mi corazón arado.

domingo, 11 de abril de 2010

un poema de Abd Al-Aziz Ben Al-Qabturnuh


Petición de un halcón



¡Oh rey, cuyos padres fueron altaneros y del más egregio rango!


Tú, que adornaste mi cuello con el collar de tus favores,

grandes como perlas y engarzados como las perlas en el hilo,

adorna ahora mi mano con un halcón.


Hónrame con uno de límpidas alas, cuyo plumaje

se haya combado por el viento del Norte.


¡Con qué orgullo saldré con él al alba,

jugando mi mano con el viento,

para apresar lo libre con lo encadenado!

viernes, 9 de abril de 2010

DOS RELATOS SOBRE UNA MUERTA


Estos dos escritores, Fernando Nachón (México) y Rubem Fonseca (Brasil), plantean una realidad tal cual es, sin atisbos de imaginería que nos dejé pensando en qué existe en la "otra orilla"; son directos y a la vena (valga la expresión). Recurren a un tema 'cliché' en todos los ámbitos de las Artes, la muerte, sin que eso signifique que se irán por el camino fácil, es decir, la plantean de una manera más amena por decirlo de alguna manera, no dejando la sorpresa de lado (que uno ya sabe el final, o lo presupone); lo que hace mérito en estos dos autores es la forma en cómo manejan el tema, la trama que va guiándonos al final, un tanto trágico y cómico, que a decir verdad, estas acciones se fusionan de manera tal que no se delimita la línea divisoria entre éstos.


Realismo sí; ambos recogen de su amplio repertorio, ya sea escatológico o psicológico, para adentrarnos en estas dos narraciones breves pero de una gran contenido poético sin palabrería rebuscada. Lenguaje sencillo que no cualquiera puede escribir.


Dos maestros, uno más consagrado que otro (Fonseca) y otro en la búsqueda de retratar la miseria, y la fascianción por lo carnal. Estos dos en algún punto se encuentran. Creo que Nachón leyó al brasileño.


Les recomiendo Secreciones, Excreciones y Desatinos (cuentos, 2001) de Rubem Fonseca; y El Diario de un Pend*** de Fernando Nachón.

La mirada (Fernando Nachón)


Desde que llegamos a la habitación, la noté un poco triste. Como si los gorriones la hubiesen abandonado, estaba seguro que esa tristeza, era por su corazón que estaba enojado con el movimiento normal de los astros.
La besé como siempre. Con la tenue claridad de mi cuerpo. Ella lloraba en silencio. Estaba acostumbrado, esos accesos eran parte de su extraña ecología, que daba emoción a diversos corceles.
Nos derrumbamos en tacto, hasta que ella en el lecho se internó en su selva, descuidando mi piel que poco a poco se acomodó en su universo. Al derramarme salí pensativo. Y al sentirla distante y fría le dije: "¿Por qué estás tan lejana?" y sólo en la oscuridad vi su mirada que fija se posaba en mis ojos. "¿Por qué me miras así?". Como una bujía que se sabe condenada iluminaba en un triste sepia el cuarto sin responderme.
Estaba acostada y en su sudor aparecían peces asustados. La noche entraba y salía por mi tráquea esperando su voz. Volví a cuestionarla y al notar en la oscuridad que aún me miraba. El silencio volvió a rugir en la vida y casi al momento olvidé sus ojos por culpa del sueño.
Al otro día, desperté con deseos de volverme a internar en su cueva, que aun sostenía el esperma que le había dado. Pero al ver que seguía en su actitud distante y petrificada con su mirada ambarina sobre mis nervios temblorosos; deduje que ya no era necesario preguntarle el por qué de su mirada.
Cerré sus ojos con el calor de mi mano. Me recosté junto a ella y encendí el último cigarrillo que quedaba. Y me dije: "Dios; he amado a una muerta".

Betsy (Rubem Fonseca)



Betsy esperó el regreso del hombre para morir.

Antes del viaje él había notado que Betsy mostraba un apetito fuera de lo común. Después surgieron otros síntomas, ingestión excesiva de agua, incontenencia urinaria. Hasta entonces, Betsy sólo había padecido de cataratas en uno de los ojos. No le gustaba salir, pero antes del viaje entró inesperadamente con él en el ascensor, y los dos pasearon por la acera de la playa, algo que nunca habían hecho.
El día en que el hombre llegó, Betsy sufrió el derrame y dejó de comer. Veinte días sin comer, acostada en el lecho con el hombre. Los especialistas dijeron que no había nada que pudiera hacerse. Betsy sólo se levantaba de la cama para tomar agua.

El hombre permaneció con Betsy en la cama durante toda su agonía, acariciando su cuerpo, palpando con tristeza la flacura de sus ancas. El último día, Betsy, muy quieta, los ojos azules abierto, miró al hombre con el mismo mirar de siempre, que confesaba la comodidad y el placer que su presencia y sus cariños le proporcionaban. Comenzó a temblar y él la abrazó con más fuerza. Sintiendo que sus miembros estaban fríos, el hombre trató de acomodarla mejor en el lecho. Ella entonces estiró el cuerpo, como si se desperezara, y écho la cabeza hacia atrás, en un gesto lleno de languidez. Después estiró aún más el cuerpo, y suspiró con fuerza. El hombre pensó que Betsy había muerto. Pero al cabo de algunos segundos ella lanzó otro suspiro. Horrorizándose de su meticulosa atención, el hombre contó, uno a uno, todos los suspiros de Betsy. En un breve intervalo ella exhaló nueve suspiros iguales, la lengua afuera, pendiendo a un lado de la boca. Luego empezó a golpear su vientre con los dos pies juntos, como hacía a veces, sólo que con mayor violencia. Después, se quedó inmóvil. El hombre pasó su mano levemente por el cuerpo de Betsy. Ella se desperezó y alargó los miembros por última vez. Estaba muerta. Ahora, el hombre sabía que estaba muerta.

La noche entera la pasó despierto a su lado, acariciándola suavemente, en silencio, sin saber qué decir. Habían vivido juntos dieciocho años.
Por la mañana, la dejó en el lecho y fue hasta la cocina y preparó un café puro. Fue a tomarlo en la sala. La casa nunca había estado tan vacía y tan triste.

Por fortuna, el hombre no había botado la caja de cartón de la licuadora. Regresó al cuarto. Cuidadosamente, puso el cuerpo de Betsy dentro de la caja. Con la caja debajo del brazo se dirigió a la puerta. Antes de abrirla y salir, se enjugó los ojos. No quería que lo vieran así.
Rubem Fonseca: del libro "Histórias de amor" (cuentos), editado por Cia. das Letras - São Paulo, 1997.